Cuando apenas habían transcurrido minutos del terremoto, cuando la gente aún no se recuperaba del susto, cuando el pánico hacía presa de muchas familias que no lograban comunicarse con sus seres queridos por el sismo de 7.1 grados en la escala de Richter, cuando aún no se conocía la dimensión de la tragedia, y porque el fuerte movimiento de larga duración no auguraba nada bueno o porque a muchos nos llegó el recuerdo del trágico sismo ocurrido exactamente 32 años atrás, en 1985, en ese contexto los mexicanos vimos como nuevamente empezó a emerger la ayuda solidaria en casas, edificios, oficinas y centros educativos que habían colapsado ante el temblor.
Apenas habían pasado doce días del sismo que afecto principalmente a familias de Oaxaca y Chiapas, cuando nuevamente el 19 de septiembre ya tenía a la población en estado de emergencia, con graves afectaciones ahora en la Ciudad de México, Morelos y Puebla, y también con el ánimo de una población que sigue dando muestras de solidaridad con los afectados, porque en el lenguaje del mexicano la esperanza muere al último.
A estas fechas es imposible saber o tener datos duros de la ayuda humanitaria, porque muestras de solidaridad hay entre mexicanos pero también está llegando ayuda internacional. De igual manera no hay datos que nos digan con precisión del número de centros de acopio que se hayan formado en diversas partes del país como una forma de hacer llegar las infinitas muestras de solidaridad.
Ha pasado casi una semana, todavía no nos recuperamos del susto, pero eso no ha detenido a una población ávida de ayudar y en este proceso el sector juvenil está jugando un papel muy importante, pues de su ayuda se habla desde los primeros minutos del desastre y aunque las noticias en momentos han sido desalentadoras, en sentido contrario los jóvenes han sido motivación y sinónimo de esperanza y fuerza para salir adelante.
Ejemplos hay muchos de la participación de estos muchachos, a los que por moda o coyuntura de los estudios demográficos y sociales han sido calificados o identificados como los millenials.
Hasta antes del sismo, de este sector de la población, los millenials, se decía que se trataba de una generación de chicos impacientes, malcriados o caprichosos, y esta referencia iba para todos los nacidos aproximadamente entre 1981 y 1995, es decir que sus edades fluctúan entre los 22 y 36 años, eso sí “muy listos y preparados académicamente”.
Millenials o no, lo cierto es que los jóvenes pusieron el ejemplo en organización e ímpetu, y fueron ellos los que se pusieron las pilas a la hora de ayudar, y de eso podemos dar constancia en el centro de acopio que opera en las inmediaciones del Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria.
Los jóvenes hicieron gala de liderazgo, organización, prudencia, esmero y motivación, y con ello no se pretende hacer menos la también valiosa participación de voluntarios adultos e inclusive de la tercera edad, y tampoco se desea excluir a jóvenes de plantes de educación privada, como La Salle, el Tecnológico de Monterrey, la Universidad Intercontinental, por citar solo unos planteles.
El Centro de acopio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), fue el centro de reunión y confluencia de los millenials, ahí se encontraron con el único propósito de ayudar, una y otra vez interactuaban en cadenas humanas para trasladar víveres, medicamentos, ropa o herramientas, y lo mismo se llamaban por su nombre o simplemente con el solidario sobrenombre de “compañera” o “compañero”.
Al igual que en la UNAM, seguramente operaron con características similares otros cientos de centros de acopio, donde los jóvenes lo mismo apoyan en la recepción que en la clasificación y empaquetado del acopio; ayudaban a la carga de tráileres y camiones con la ayuda humanitaria o bien hacían equipo para darles de comer a los brigadistas.
Lo que ocurre en la UNAM, nos queda claro, es el mismo espíritu con que la juventud de México se manifestó en diversas partes del país, y eso es digno de mencionarlo, de sentirnos orgullosos.