Pocos días después de cumplirse un año de la primera muerte por COVID-19 en México, la situación en la que se encuentra el país en el combate a la pandemia no es prometedora. El gobierno federal presume una estrategia de vacunación que avanza demasiado lento, y minimiza una cifra de muertes por el coronavirus que es la tercera mayor en el mundo.
Al ritmo que lleva la vacunación en el país, México tardaría más del tiempo que se planteó como objetivo, un año y cuatro meses, en aplicar al menos una dosis contra el coronavirus al 70% de su población. Por otra parte, aun y cuando en el momento actual, previo a la Semana Santa, el ritmo de contagios ha disminuido, el comportamiento de la población hace pensar a los expertos que pronto se verá una tercera ola que superará en intensidad los contagios que se registró durante el invierno.
En México se han aplicado más de 6 millones 300 mil vacunas al 26 de marzo, el 58% de los 10 millones 758 mil 845 de dosis que a esa fecha habían llegado al país. Por grupos poblacionales, 160 mil 821 adultos mayores ya cuentan con las dos dosis de la vacuna, cifra que representa el 4% de los 4 millones 583 mil 839 que han recibido al menos una inyección. Además, 853 mil 323 trabajadores de la salud han recibido al menos una dosis, de los cuales 605 mil 343 ya tienen su esquema completo. El 77% de los 22 mil 934 maestros y trabajadores docentes de Campeche recibió también las dos dosis contra COVID-19, por lo que 17 mil 262 han completado el esquema de la vacuna.
México se propuso tardar un año y cuatro meses en terminar de vacunar a su población, a pesar de haber asegurado una de las mayores reservas de dosis en el mundo. Según la información que ha proporcionado el gobierno de México, el país ha apalabrado cerca de 300 millones de dosis de vacunas para sus más de 126 millones de habitantes, lo cual lo convierte en el sexto país, sin contar a la Unión Europea, que más dosis ha comprometido con las compañías y consorcios internacionales de vacunas.
A pesar de ello, el plan de vacunación ha sido lento y la velocidad de aplicación debe aumentar considerablemente. Actualmente, México se ubica en el lugar 21 en el mundo por el número de vacunas aplicadas a su población, y en el octavo en América Latina por el porcentaje de población vacunada. Países como República Dominicana, Panamá y Costa Rica, han inoculado a un porcentaje mayor de su población que México.
En México, podrían ser más las personas vacunadas si el gobierno federal hubiera adquirido las vacunas a tiempo. El gobierno perdió tiempo y ese retraso hace que hoy no tenga a la mano vacunas para aplicar. El propio gobierno justifica esa inacción que tuvo afirmando que los países desarrollados han acaparado las vacunas.
Por otra parte, por el número oficial total de muertes registradas en el país, México ocupa el tercer lugar en el mundo. Ese número podría ser altamente superior, de acuerdo con expertos que señalan un gran subregistro de fallecimientos. Con el tiempo, el número oficial se ajustará y se tendrá una cifra mucho más cercana a la realidad que, de acuerdo con esos expertos, rondaría a la fecha más del doble de la cifra oficial.
Según las cifras oficiales, el porcentaje de mexicanos que fallecieron por COVID-19 ronda el 10% del total de contagiados; es decir, uno de cada diez contagiados ha fallecido en México, según los datos de la Secretaría de Salud. Para el gobierno, el número de fallecimientos. Además, de las más de 54 mil personas que han sido intubadas a causa del COVID-19, la mayoría, el 82%, han fallecido, según los datos de la propia Secretaría de Salud. Esto último habla de un pésimo manejo de la enfermedad.
De los fallecidos por coronavirus en México, 62.3% se ubican en el rango de edad de 60 años o más, y 11% entre los 50 y los 59 años.
A las autoridades nunca les importó el número de fallecimientos. En realidad, por sus resultados, el manejo de la pandemia en México ha sido uno de los peores del mundo porque se ha enfocado en cuidar la imagen del presidente y del gobierno. Para el gobierno federal, el número que siempre importó fue el de las camas disponibles en los hospitales públicos. Esas camas nunca se ocuparon porque la gente no acudía a los hospitales, o muchos de ellos ni siquiera eran recibidos.
Los muertos podrían ser menos si el gobierno federal hubiera puesto como prioridad las vidas, y no la imagen del presidente.