Los tiempos políticos avanzan vertiginosamente y, a diez meses de las elecciones intermedias de 2027, todos los partidos navegan a contracorriente: unos para conservar el poder y otros para arrebatárselo. Morena arranca con ventajas evidentes por su condición de gobierno, la fortaleza territorial que ha construido, el peso político de los programas sociales y, sobre todo, porque comenzó mucho antes que sus adversarios la movilización de sus aspirantes.
Lo que estará en juego explica la voracidad de los partidos: se renovarán los 500 integrantes de la Cámara de Diputados —300 de mayoría relativa y 200 de representación proporcional—, 17 gubernaturas y numerosos congresos locales, ayuntamientos y alcaldías.
No estamos, por tanto, frente a una elección menor.
Para Claudia Sheinbaum será el primer gran referéndum electoral de su sexenio y para Morena una prueba fundamental: conservar la mayoría en San Lázaro será indispensable para mantener capacidad legislativa durante la segunda mitad del gobierno.
El oficialismo parte como favorito, pero llega a la contienda con flancos que la oposición tratará de explotar.
Uno de ellos será la narrativa opositora que pretende colocar sobre Morena la etiqueta de "narcopartido", a partir de señalamientos sobre presuntos vínculos de personajes políticos con organizaciones criminales. A ello se suma la expectativa sobre eventuales investigaciones o acciones de autoridades estadounidenses contra políticos mexicanos.
En una campaña electoral las percepciones pueden causar daños mucho antes de que los tribunales dicten sentencia.
Además, el ejercicio del poder desgasta y hay gobernadores de Morena tan mal calificados que se anticipan grandes derrotas para la 4T.
La oposición lo sabe.
PAN, PRI y Movimiento Ciudadano tienen frente a sí una oportunidad que hace algunos meses parecía bastante más reducida. A ellos se sumarán las nuevas fuerzas políticas que enfrentarán en 2027 su primera prueba nacional.
El problema opositor comienza desde sus dirigencias.
Los liderazgos nacionales de Jorge Romero en el PAN, Alejandro Moreno en el PRI y Jorge Álvarez Máynez en Movimiento Ciudadano no necesariamente generan el entusiasmo suficiente para construir por sí solos una gran movilización electoral. PAN y PRI, sin embargo, todavía conservan estructuras, gobiernos locales y liderazgos regionales capaces de disputar seriamente determinados territorios.
Ahí puede estar una de las claves.
La elección de 2027 no necesariamente se ganará desde las oficinas nacionales de los partidos, sino distrito por distrito, municipio por municipio y estado por estado.
Por ello, más que la propaganda y los discursos nacionales, el verdadero reto de todas las fuerzas políticas será seleccionar candidatos competitivos.
Un mal candidato puede destruir una buena marca partidista; uno con arraigo, prestigio y estructura territorial puede revertir tendencias aparentemente irreversibles.
Y precisamente ahí Morena enfrentará uno de sus mayores peligros.
Cuando comiencen las definiciones habrá ganadores, pero muchos más perdedores.
La pregunta es qué harán quienes queden fuera.
Algunos aceptarán disciplinadamente las decisiones de Morena, pero otros buscarán cobijo en el PT o el PVEM y no sería extraño que algunos terminaran tocando las puertas de la oposición si consideran que tienen suficiente capital político para competir.
Porque repartir candidaturas cuando sobran aspirantes siempre deja heridos.
Para las nuevas fuerzas políticas, como Somos México y Paz, la situación será todavía más dramática. No basta obtener el registro; tendrán que conservarlo en las urnas.
La Ley General de Partidos Políticos establece que un partido político nacional pierde su registro si no obtiene por lo menos 3% de la votación válida emitida en alguna de las elecciones federales correspondientes.
Eso significa que para los nuevos partidos 2027 será literalmente una elección de vida o muerte.
Tendrán que construir en unos cuantos meses estructuras territoriales, seleccionar cientos de candidatos, conseguir representantes de casilla, posicionar una marca desconocida y convencer a millones de ciudadanos de que representan algo diferente a las fuerzas tradicionales.
No será sencillo.
Mucho menos porque existe otro adversario que todos los partidos parecen subestimar: el abstencionismo.
El antecedente inmediato es revelador. En la elección intermedia federal de 2021 la participación ciudadana fue de alrededor de 52.7%, una cifra elevada para una elección sin presidente de la República en la boleta, pero que también significa que prácticamente la mitad del electorado decidió quedarse en casa.
Por ello, la selección de candidatos será mucho más importante de lo que algunos dirigentes imaginan.
Morena tendrá que demostrar si puede administrar su abundancia sin fracturarse; PAN y PRI, si sus estructuras regionales todavía tienen músculo para disputar territorios; Movimiento Ciudadano, si realmente puede convertirse en una alternativa nacional, y los nuevos partidos, si nacieron para representar causas ciudadanas o simplemente para engrosar la nómina del financiamiento público.
En 2027 no sólo estarán en juego gubernaturas y curules, también comenzará a escribirse la sucesión presidencial de 2030.