El peor enemigo de Andrés Manuel López Obrador es él mismo. Las decisiones tomadas en el periodo de transición han significado poner al país contra la pared y a un nuevo gobierno acotado por sucesos internacionales y acontecimientos nacionales.
Desde la cancelación de la construcción del aeropuerto de Texcoco, mediante una consulta popular inconstitucional, comenzaron los basukazos para vulnerar la confianza y certidumbre en México, luego siguieron las pifias de los legisladores de Morena y del PT que mostraron las garras al promover iniciativas en torno a disponer de las reservas institucionales, bajar o eliminar las comisiones que cobran los bancos y ahora la estatización de las afores.
Jubilosos celebraron los morenistas por el “golpe brutal a los bancos y empresarios”, sin considerar que el desplome de la bolsa provoca en el corto plazo, miles de despidos y la pérdida de inversiones en el sexenio de López Obrador.
Los mercados nerviosos, el peso a la deriva y la fuga de capitales, son solo algunos de los factores que impactarán directamente en el PIB.
Al coctel molotov debemos sumar el desplome de los precios internacionales del petróleo, mismo que afectan a los ingresos que se están presupuestando en el Paquete Económico del 2019 y la amenaza permanente del presidente Donald Trump, ante el éxodo de migrantes centroamericanos, hecho que justifica su oferta política de la construcción del muro, ante los electores norteamericanos.
La Ley de Remuneraciones de los Servidores Públicos y la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, pondrán a trabajar horas extras a la Suprema Corte de la Federación por la entrada de múltiples casos derivados de amparos y trámites a la acción de inconstitucionalidad, lo que desmantelará a la estructura operativa del gobierno. Con funcionarios bisoños, inexpertos e incapaces, AMLO enfrentará retos descomunales.
Con la irrupción de los superdelegados se atenta contra el federalismo y la República. Se observan visos de separatismo.
La militarización del país, es otro elemento que complica la gestión y pone en una alta situación de vulnerabilidad a la nación.
Podemos seguir con la enorme lista de pifias que responden más a ánimos revanchistas que a una visión de Estado. El resentimiento mostrado por el presidente electo y colaboradores contra tecnócratas y contra” la mafia del poder”, ha causado un daño irreversible en la propia gobernabilidad y en las expectativas de crecimiento y desarrollo.
Será un incipiente Estado fallido, cuando desde el gobierno se alienta la división entre los mexicanos, se polariza a la sociedad y se exacerban los ánimos. Ahora ya hay dos frentes y eso, de suyo, representa una seria amenaza para el país.
Leemos que López Obrador ha alentado desestabilizar al magisterio al darle voz y peso político a la CNTE y a Elba Esther Gordillo, expresiones minoritarias que no tienen representación de relevancia en el seno del SNTE, en donde se agrupan, más de dos millones de maestros.
El propio tabasqueño quiere que los maestros abandonen las aulas para enfrentarse en una contienda interna que tendrá como resultado, en primera instancia, afectar a los millones de estudiantes del país.
Son dos piedras en el zapato que AMLO las metió por voluntad propia y que le estarán lastimando a lo largo de su sexenio.
Qué necesidad de vulnerar la autonomía sindical del SNTE al revivir a un personaje que tiene el mayor rechazo no solo de la opinión pública, sino de los propios mentores o darle vida artificial a la Coordinadora que también es aborrecida por la ciudadanía.
Un pésimo inicio de una administración que tenía todo por revertir los acuciantes problemas que padece nuestro México lindo y querido.