La llamada de alerta, en esta ocasión, no viene de adentro. Viene de afuera, que es de donde solemos hacer más caso.
Fitch Ratings, en voz de James McCormack, Jefe de Calificaciones Soberanas, acaba de señalar que en esa agencia internacional de calificación crediticia no están muy confiados de que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador pueda cambiar la situación en la que vive México.
Ese es el escenario de nuestro país a tan sólo seis meses y medio de gobierno lopezobradorista.
Y entonces uno se pregunta: ¿cómo pasamos tan rápido de la esperanza reflejada el 1 de julio de 2018 al escenario actual? ¿Bastaron sólo seis meses y medio para que López Obrador tirara a la basura el bono que le otorgaron 30 millones de votos? ¿Fue un error votar por López Obrador, o es que le explotó en las manos una papa caliente que le hubiera reventado a cualquiera? ¿Estaríamos mejor con Anaya o Meade como presidentes?
Por supuesto que las respuestas a estas preguntas las tendrá que dar cada uno de acuerdo con lo que piensa, pero, estimado lector, la terca realidad parece querer darnos una nueva lección a los mexicanos, y en esta ocasión el costo es de pronóstico reservado.
La nueva lección para los mexicanos es que el ejercicio del voto conlleva responsabilidades que no se limitan solamente a decidir quién va a gobernar durante seis años, sino que obligan a los ciudadanos a dar seguimiento al ejercicio de gobierno y a la actuación del gobernante.
La encuesta más reciente de la plataforma México Elige dio a conocer que la aprobación del presidente López Obrador cayó 7 puntos de abril a mayo, al pasar de 62% a 55%. De acuerdo con esos resultados, durante los tres meses de marzo a mayo los niveles de aprobación presidencial han mantenido una tendencia a baja y se han desplomado de 73% en febrero a 55% en mayo, es decir, 18 puntos abajo.
Esto no tendría nada de raro para cualquier presidente si no fuera por el hecho de que apenas lleva seis meses y medio en el Gobierno. Algunas figuras públicas han empezado a manifestar su arrepentimiento por haber votado y promovido el voto a favor de AMLO. Susana Zabaleta, una de ellas, pidió disculpas en twitter por su “estúpida esperanza y por pensar en un México que todos queríamos”.
Lo extraño de todo lo que está ocurriendo, dicen algunos analistas, es que López Obrador tiene todo a su favor para hacer un buen Gobierno: desde 1997, ningún Presidente había contado con la mayoría a su favor en las Cámaras de Diputados y de Senadores, y ahora Morena, su partido, obtiene cada vez más gubernaturas en los estados. En ese sentido, el escenario favorable para AMLO es como el que tenían los Presidentes del viejo PRI.
Sin embargo, de nada sirve contar con esa mayoría si no se sabe qué hacer con ella. Es como tener una gran mano en el dominó y no saber jugar, no saber qué ficha tirar en qué momento.
El Presidente López Obrador llegó al gobierno enarbolando como bandera principal el combate a la corrupción. A seis meses y medio de su Gobierno nadie en México ha palpado ni un atisbo de ese combate y las cosas se mantienen igual que antes de diciembre pasado. Algunas acciones que se promocionaron como combate a la corrupción, como las del “combate al huachicoleo”, terminaron fracasando. ¿Qué se sabe hoy de la distribución de gasolina con pipas? ¿Qué se sabe de la reapertura de ductos? ¿Cuántos detenidos hay por el huachicoleo? Nada, no se sabe nada de eso. Corrupción 1, Gobierno 0.
En términos deportivos, el Gobierno lopezobradorista buscaba jugar para las gradas. Nada más que tenía como contrincante a la terca realidad, y el marcador hoy no parece favorecerle.
En términos de beisbol, el Gobierno está bateando por debajo de los .100; en términos de box, el Gobierno está contra las cuerdas.
Y todo eso apenas a seis meses y medio de Gobierno.