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Columna: Se tenía que decir… ¿Qué hora es? Por: Santiago Cárdenas. Destacado

24 Jun 2019
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Con un abrazo solidario a Pablo Hiriart.

 

Andrés Manuel López Obrador sigue sin entender que ahora él es el presidente de México y que sus palabras y sus hechos deben corresponder con la investidura, de la que -aunque quisiera, que no es el caso- no puede sustraerse ni un minuto de aquí al 30 de septiembre de 2024. Su forma de actuar y de hablar corresponde más a un opositor, a un líder social, a un líder de un partido político, que a un presidente.

 

Acostumbrado a acusar sin pruebas de por medio, con mentiras frecuentes, o inexactitudes para matizar un poco, López Obrador barre todos los días con empresarios, activistas, miembros de la sociedad civil, escritores, analistas, instituciones financieras o crediticias y medios de comunicación y periodistas.

 

Sus conferencias de prensa mañaneras han sido el escenario para descalificar a cualquier persona que públicamente no concuerde con su forma de gobernar. Para él, los tecnócratas son conservadores, por tanto, son corruptos. Sin embargo, él mismo, que se asume como un gran liberal, navega en el conservadurismo que consiente prácticas eclesiásticas en el Palacio de Bellas Artes, que da la palabra en eventos “oficiales” a prominentes miembros de distintas iglesias, y evita pronunciar en público su personal rechazo al aborto y a la homosexualidad. Ni todos los conservadores son corruptos, ni todos lo liberales son honestos, vale hacerle la aclaración.

 

El mandatario lleva a la tribuna pública sus filias y sus fobias. Hace desafortunadas expresiones de apoyo a la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum cuando los cadáveres de dos jóvenes estudiantes aún están frescos y la sociedad le exige resultados en el combate a la inseguridad en la capital del país, y también hace expresiones públicas de su aversión a la crítica y a sus críticos. Quien lo critica es machuchón, fifí, conservador, corrupto, camaján, lagarto, y quien sabe cuántos adjetivos más use.

 

Es de todos sabido que sus lances directos también sirven de balazo de salida para el ataque en jauría de los bots afines al lopezobradorismo, que muerden, aúllan y desgarran a quien se haya atrevido a criticar al gran tlatoani.

 

El más reciente ataque de López Obrador fue para Pablo Hiriart, columnista del periódico El Financiero. “El periódico El Financiero es un periódico serio, aunque escriba ahí Hiriart y otros”, aseguró en la conferencia de prensa mañanera del jueves 20 de junio, sin contexto de por medio.

 

No es la primera vez que López Obrador, ya siendo presidente, se expresa así de Pablo Hiriart. En abril pasado, durante la conferencia mañanera en la que se presentó la llamada Política de Comunicación Social del Gobierno, el mandatario señaló que Pablo Hiriart “se dedica a estarnos cuestionando”. Lo dijo así: “No le he hablado al director de El Financiero para decirle que el columnista -¿cómo se llama el que fue de propaganda de (Carlos) Salinas?-, Pablo Hiriart, también se dedica a estarnos cuestionando. Incluso en su página es la columna más difundida, más publicitada”.

 

Acostumbrado a crear villanos favoritos y a alimentar su propia paranoia, López Obrador ha asumido a lo largo de su vida política que Carlos Salinas de Gortari, Diego Fernández de Cevallos, Felipe Calderón, Vicente Fox, Claudio X. González, el periódico Reforma, y muchos otros, se reúnen de manera frecuente para confabular en su contra y acordar estrategias para hacerle daño. Así se lo ha hecho creer a sus huestes, cuyos integrantes replican la versión tal cual en redes sociales.

 

Andrés Manuel no soporta la crítica. Como todos los líderes autoritarios, siente y cree que sus ideas provienen de la iluminación y que quien le presenta argumentos válidos para cuestionarlo simplemente está equivocado. ¿Quién en su gabinete se atreve a señalarle errores? Nadie. Regresaron los tiempos del ¿qué hora es? La que usted indique, señor presidente. Y que nadie se atreva a decir lo contrario.

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