En México, después de las pasadas elecciones de 2018, no se puede afirmar que haya una real fuerza de oposición al actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador. El gobierno va solo, sin contrapesos reales ni partidos que hoy se puedan llamar a sí mismos como oposición. En todo caso, una muy débil oposición.
Durante muchos años en México predominó el bipartidismo con el PRI como partido dominante y el PAN siendo el gran contrapeso de los gobiernos priistas.
En 1988 surgió el Frente Democrático Nacional, que postuló como su candidato a la Presidencia a Cuauhtémoc Cárdenas, y derivó en el Partido de la Revolución Democrática, lo que dio fin al bipartidismo en México e inauguró una nueva etapa en la que al menos tres fuerzas políticas obtenían la mayoría de los votos.
El PRI volvió a caer en 2006, en esta ocasión hasta el tercer lugar, aunque hábiles políticos priistas lograron posicionarse como importantes interlocutores con el gobierno de Felipe Calderón, lo que hizo que el tricolor se mantuviera presente como fuerza opositora. El PRD ya era también una fuerza importante de oposición, representante del pensamiento de la izquierda mexicana, y conformaba con el PRI el gran contrapeso y la oposición a los gobiernos panistas.
Enrique Peña Nieto encabezó la segunda transición política en el país, y tuvo en Andrés Manuel López Obrador a un fuerte opositor. Lo fue tanto, que en la elección siguiente arrasó de manera irrefutable para mandar nuevamente al PRI como tercera fuerza política del país.
Ahora, López Obrador encabeza la tercera transición política del país (nada de 4T, que no deja de ser una mera aspiración histórica del hoy presidente) y cabalga solo, sin oposición en el camino ni fuerzas políticas que le hagan contrapeso.
Vamos por partes: el PAN es presidido por Marko Cortés, un joven político michoacano que al ganar la dirigencia del partido prometió no ser parte de la continuidad en el mismo. En su campaña por la presidencia panista ofreció unificar las voces dentro del partido para convertirlo en una oposición sólida que sirva de contrapeso al gobierno lopezobradorista.
Se manifestó en contra de quienes llamó “panistas de conveniencia”, en alusión a aquellos que en la elección pasada, al no estar conformes con la nominación de Ricardo Anaya como candidato presidencial decidieron retirarle su apoyo y respaldar proyectos como el de Margarita Zavala o José Antonio Meade.
En los hechos, Marko Cortés parece no haber superado su etapa de líder juvenil en Acción Nacional y hoy encabeza un PAN que no es real oposición, que mantiene una gran desunión al interior del partido y que más parece ser un destacado heredero de la presidencia panista de César Nava, un muchachito imberbe al que los conflictos nacionales lo superan, en palabras de la hoy senadora Beatriz Paredes.
En su dirigencia panista, Marko Cortés no ha atado ni desatado. No trasciende y se la ha llevado nadando de a muertito. Su presidencia, como su propia persona, ha sido sin personalidad, sin fuelle, haciendo que se extrañe a los vigorosos líderes panistas del pasado reciente: Carlos Castillo Peraza, Felipe Calderón, o incluso Diego Fernández de Cevallos.
En el PRI los conflictos son diferentes. Tampoco es oposición, y hoy debe preocuparse más por no desaparecer en la siguiente elección. En las recientes elecciones estatales de Puebla y Baja California, el objetivo del PRI nunca fue ganarlas, sino mantener su registro. Estuvo cerca de perderlos.
En medio de un proceso de renovación de su dirigencia, hoy el PRI es algo cercano a un zombi, y deambula exhibiendo la mezquindad de muchos de sus integrantes quienes sólo buscan contar con una posición política o una candidatura.
Alito, quien presidirá el partido próximamente, deberá mostrar que es capaz de reunificar al PRI, regresarle el vigor que tuvo hasta 2012 y saltar del tercer lugar a los primeros planos políticos. Nada fácil.
Con ese escenario de oposición inexistente, ¿cuál sería la opción hacia 2021 y 2024? La oposición a López Obrador va a ser creada por el propio López Obrador y surgirá de una crisis, política o social. Los partidos que tradicionalmente fueron oposición hoy carecen de liderazgo, de fuerza, y próximamente de recursos si prospera una iniciativa morenista para reducir las prerrogativas a los partidos hasta en un 50 por ciento.
En tanto, el gobierno lopezobradorista sigue cabalgando solo, enredándose solo, y siendo su propio opositor al contradecirse todos los días. López Obrador es su propio opositor al dejar de gobernar para encabezar un gobierno activista, que mina el país poco a poco y que destruye día a día lo poco que se ha avanzado en el país.
Desde antes de la elección se escuchaba en los pasillos políticos que el principal enemigo de López Obrador es el propio López Obrador. La frase parece cierta, pero López Obrador es hoy el presidente de México, y no un opositor. Ojalá se dé cuenta pronto.