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Desde San Lázaro. Solidaridad y unidad. Por Alejo Sánchez Cano Destacado

21 Sep 2017
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El terremoto del 19 de septiembre, pero ahora del 2017, mostró nuevamente  la auténtica cara de una población que no necesita que lo motiven para ayudar. De inmediato la solidaridad  surgió de miles de personas  que acudieron a los centros de acopio y a los mismos inmuebles siniestrados  a entregar toda clase de insumos que sirvan para la emergencia,  además de auxiliar a  las tareas de rescate, aún  con el riesgo de sus vidas.

 Son incontables los casos de ciudadanos anónimos que no escatiman nada, para auxiliar de inmediato  a quien lo necesita. De ese material estamos  hechos los mexicanos, de amor compasivo y solidaridad. No importa la clase social, ni los recursos económicos, mucho menos la religión, la raza, el color  y  las simpatías políticas.

Así  ha quedado demostrado en Oaxaca y Chiapas y ahora en la Ciudad de México, Morelos y Puebla.

  Otra característica muy peculiar que se ha observado en los lugares colapsados es el deseo para salir adelante de inmediato, de no dejar que la adversidad los rebase.  Él sí se puede;  el gesto de apoyo y esperanza que se brinda a los afectados, pulula por doquier.

El espíritu nacionalista que sale a relucir ante las manifestaciones de la naturaleza, como los huracanes y los terremotos, es otra peculiaridad, Son innumerables las banderas que se ponen espontáneamente en los sitios afectados y allí mismo se ha oído, además de los rezos, el himno nacional.

 A los pocos minutos de que terminó el terremoto salieron  a la calle miles  de personas,  no para ponerse a salvo, sino para ir auxiliar a los caídos. No importa cómo hacerlo, ni con qué. Eso es lo menos relevante.  Lo importante  es estar en donde se pueda levantar escombros o tan solo   dar una palabra de ayuda;  alimentar o dar de beber; levantar una viga o meterse en  algún  resquicio  de la edificación derrumbada.

La voluntad es inquebrantable y la solidaridad de la sociedad civil no tiene límites.

Más tarde llegan las fuerzas del orden, principalmente  los soldados y los marinos,  y así hombro con hombro trabajan todos, unos con la vocación de servir a los mexicanos, otros, movidos  por resorte interior que surge del fondo del corazón.

Y así será hasta que se recobre la “normalidad” y aunque se oiga feo, así será hasta la próxima calamidad.

El mexicano no solo tiene creatividad, imaginación, chispa e ingenio, también posee esa solidaridad que yo le llamo compasiva,  para de inmediato y sin esperar nada a cambio acuda a donde se necesita, sin saber que le puede deparar el destino.

Hay que reconocer también la reacción inmediata del gobierno de la república y de la ciudad de México que coordinados tomaron el control de la situación, merced a eso se mantuvo la calma y la operación de la capital.

   Resalta la unidad ante la fatalidad, sería encomiable que este espíritu fraterno se use para trabajar por el país. En lugar de estar peleando por el poder deberían enfocarse más los políticos en anteponer el interés de la nación a los particulares.

La solidaridad y la unidad  mostrada ante el terremoto y los huracanes  deberían tomarla como ejemplo los políticos. No se necesita mirar a otras latitudes sí aquí, en territorio nacional, se tiene todo para franquear  cualquier obstáculo   y con ello   acceder a  la inclusión social y el desarrollo.

Estos  mezquinos políticos se parecen a los  criminales que en medio de la tragedia salieron a asaltar en medio del temor y la impotencia. Todos ellos,  merecen el paredón.   

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