Uno de los temas que permitió el arribo de Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos fue el migratorio, en especial con el sur de su país; es decir, la frontera con México. Trump supo revivir y enardecer los sentimientos más radicales de la clase conservadora estadunidense, que siempre ha sido antimexicana y racista sin recatos.
Con ello, Trump logró una gran base electoral que es la que hoy lo sigue manteniendo arriba en las incipientes encuestas rumbo a la reelección en la Presidencia. Y a su base electoral, racista como ya dijimos, la mueve un tema que Trump rescata cada vez que su Gobierno entra en crisis o busca reavivar la llama que la mantiene fuerte: la construcción de un muro en la frontera sur que permita inhibir la migración ilegal hacia los Estados Unidos, históricamente proveniente de México y de Centroamérica en su mayoría.
En días recientes, Trump puso nuevamente el tema migratorio como la base de su relación con México, y amenazó con establecer aranceles del 5% a los productos mexicanos si nuestro país no actuaba para disminuir el flujo migratorio, principalmente el proveniente de Centroamérica. “México está enviando una gran delegación para hablar sobre la frontera. El problema es que han estado ‘hablando’ durante 25 años. Queremos acción, no diálogos. Podrían resolver la crisis fronteriza en un día, si lo desean”, escribió en Twitter, ironizando sobre el envío de una delegación mexicana a Washington, encabezada por Marcelo Ebrard, para hablar sobre el tema.
Al llegar a Washington para iniciar sus gestiones antes esta crisis, el Canciller Ebrard aseguraba que para México sería “inaceptable” convertirse en tercer país seguro, una categoría por la que los solicitantes de asilo o refugio en Estados Unidos son enviados al país vecino, donde reciben la misma protección. Con ello, advertía que México no cambiaría su política de asilo. Al término de las “negociaciones”, todos conocemos los resultados: México cedió, y aceptó endurecer sus acciones en la frontera sur para evitar más caravanas migratorias hacia Estados Unidos, y al mismo tiempo ofreció en 45 días evaluar los resultados, con la posibilidad de que Estados Unidos imponga su idea de que México sea “el primer país de asilo”, una figura exactamente igual a la del tercer país seguro.
El domingo pasado, el periódico español El País tituló su nota sobre el tema: “México vende el acuerdo con Trump como una victoria”. En nueve palabras, resumió las acciones del fin de semana del Gobierno mexicano: un mitin en Tijuana en el que el Presidente Andrés Manuel López Obrador, miembros de su Gabinete, legisladores y Gobernadores afines al lopezobradorismo y muchos acarreados se mostraron eufóricos porque México salió de las negociaciones “con la dignidad intacta”.
Pero, ¿qué ganó México en este episodio? Solamente escuchamos los compromisos de México, y de Estados Unidos sólo recibimos el acuerdo de revisar en un plazo de 45 días los avances en esos compromisos establecidos por nuestro país. Entonces, ¿qué se celebró el pasado fin de semana en Tijuana?
En realidad, México no ganó nada. Ahora está obligado a poner fin al modelo migratorio de López Obrador, que pasó de abrir la puerta a miles de centroamericanos a la restricción, y finalmente se ha plegado a lo establecido por Washington. En pocas palabras, hoy López Obrador le ha obsequiado a Trump el muro que inhibirá la migración hacia Estados Unidos. Y no sólo eso. Como también siempre lo afirmó Trump, el muro sería construido por México, y así fue.
Además, en el colectivo mexicano queda la impresión de que el Gobierno de López Obrador cayó en el garlito de Trump, quien en realidad nunca tuvo la intención de aplicar los aranceles porque sabe que esa acción implica darse un tiro en el pie, puesto que en términos económicos la nación estadunidense resultaría igual o más afectada que México en caso de establecer las medidas arancelarias. La prueba es que el tema arancelario nunca estuvo en la mesa de negociaciones, donde sólo se discutió de migración.
Washington consiguió doblegar al Gobierno de México. La lección que este episodio nos deja es que Trump ya le tomó la medida al lopezobradorismo, y que ese va a ser el tono de la relación bilateral mientras siga habitando la Casa Blanca. Las presiones sobre México continuarán, aún a pesar de los acuerdos existentes, como parte de la estrategia de Trump para obtener la reelección.
Los próximos 45 días, el Gobierno de México estará haciendo la tarea que le encomendó Washington. El ojo supervisor estará puesto sobre las acciones que en materia migratoria se lleven a cabo en la frontera sur de nuestro país. “Nosotros confiamos en que las medidas que hemos propuesto tengan éxito, pero si no lo tienen sí vamos a tener que participar en una discusión de ese tipo”, afirmó Ebrard cuando fue cuestionado sobre la posibilidad de que México se convierta en el “primer país de asilo” para los migrantes que solicitan asilo a Estados Unidos.
México no ganó nada en este episodio. En cambio, Trump ganó mucho: su base electoral confía más en él a partir de forzar a México a endurecer su política migratoria, lo que representará votos a su favor en 2020; deja a México en una posición de subordinado y no de aliado en la relación comercial, y no se diga en el tema migratorio; y lo más importante para él: México hace suya la promesa de construir un muro en la frontera sur, que al parecer quedará concluido en un plazo de 45 días.
