- El nuevo golpe que el gobierno prepara en contra del expresidente se asestaría en junio próximo.
- El presidente López Obrador ya no es tan popular.
- El gobierno empieza a resentir cansancio y agotamiento.
Felipe Calderón Hinojosa es hoy el enemigo preferido del presidente Andrés Manuel López Obrador.
No siempre lo ha sido. De hecho, antes de él lo fue otro expresidente: Carlos Salinas de Gortari, a quien López Obrador ya guardó en el cajón del olvido.
Si algo nos ha mostrado el presidente López Obrador es que su gobierno tiene como guía el rencor, el odio y la venganza, y por otra parte su incapacidad de convivir con instituciones autónomas que no respondan directamente a sus intereses. El gobierno de López Obrador ha transitado en lo básico, y su legado también lo será. Al final de su sexenio, el balance de gobierno será miles y miles de giras de trabajo por todo el país, y millones y millones de becas entregadas en forma de programas sociales.
El balance no incluirá a gente que haya salido de la pobreza, porque no se sale de ella solamente recibiendo miles de pesos mensuales. Tampoco incluirá acciones detonantes de empleo, porque no se puede llamar así a una beca mensual que a los jóvenes les permite obtener, si acaso, mera capacitación. Tampoco podrá hablarse al final del sexenio de obras que hayan permitido el despegue económico de la nación, porque el aeropuerto de Santa Lucía y la refinería de Dos Bocas caminan hacia el fracaso por ser obras sustentadas en una visión que dejó de ser viable hace cuarenta años.
López Obrador habla con frecuencia de los conservadores y los pinta como los enemigos del país. Se dice liberal, pero actúa como lo contrario. Habla de México como si el tiempo no hubiese pasado y siguiéramos en la primera década del siglo pasado. Y cuando regresa al presente, lo hace con odio y afán de revancha.
Por su parte, Felipe Calderón ha asumido el papel del villano favorito, y parece disfrutarlo. Se ve cómodo en su nuevo rol, en el que critica con frecuencia los dichos del presidente y los miembros de su gabinete. Se pronuncia como el antecesor con más méritos y se deja apapachar por un nutrido grupo de seguidores que salen a dar la cara para también enfrentar al nuevo gobierno. Se he creado, y se le ha creado, la imagen del líder opositor más reconocido.
El presidente López Obrador le critica, principalmente, haber iniciado una “guerra contra el narcotráfico” a lo tonto, y recibe de Calderón los reclamos de que en el actual gobierno simplemente no hay ni estrategia ni combate al narcotráfico y la delincuencia organizada.
Todo este debate se registra en las redes sociales, el nuevo campo de batalla para ganar cualquier elección.
El nuevo golpe que el gobierno prepara en contra de Calderón se asestaría en junio próximo. En ese mes se define la autorización a varias organizaciones que buscan convertirse en partidos políticos. Calderón busca que “México Libre” obtenga su registro. Para ese momento ya habrá cuatro nuevos consejeros en el Instituto Nacional Electoral, y el proceso de su designación pasa por el aval de un Comité en el que López Obrador parece ya haber podido influir.
Si los cuatro nuevos consejeros del INE son afines a López Obrador, Calderón puede despedirse de sus intentos por registrar a “México Libre” como partido político.
Pero además, López Obrador estaría obteniendo el control en una institución fundamental en el proceso democrático del país. Significaría subirse al ring a un fuerte enfrentamiento, pero con el réferi a favor.
Ello también podría interpretarse como la nueva jugada de López Obrador para detener la rápida caída en su popularidad. El presidente ya no es tan popular. Comparado con un año atrás, en febrero de 2019, el presidente López Obrador contaba con su más alto nivel de aceptación: 67.1%. Es decir, en un año perdió nueve puntos y medio en su nivel de popularidad y aceptación.
López Obrador ha perdido tres puntos tan sólo en lo que va del año, al pasar de 57.4% al 54.4%, su nivel más bajo históricamente.
Sus dichos y sus hechos son duramente cuestionados y criticados, y cada vez son más frecuentes las protestas en contra de su régimen. De algunos meses para acá los motivos más recurrentes son la escasez de medicamentos para combatir padecimientos graves en los hospitales públicos, y el hartazgo social por los feminicidios y los crímenes en general en diversas regiones del país.
En menos de un año y medio, el gobierno empieza a resentir cansancio y agotamiento. El discurso presidencial ya no es suficiente para convencer, y la sociedad también ha empezado a perder la paciencia y a exigir resultados. También empiezan a verse con frecuencia las expresiones de arrepentimiento de quienes votaron por él en 2018.
Es previsible que se empiecen a ver golpes espectaculares que tiendan a recuperar puntos en la popularidad presidencial en meses cercanos a la elección intermedia del año próximo. Al presidente, que parece mantenerse en campaña, le urge recobrar popularidad. Sólo la estridencia puede dársela, aunque parece que los daños que él mismo ha ocasionado a su grado de aceptación son irreversibles.
