Javier Jiménez Espriú ha decidido bajarse del tren. Mejor dicho, ha entendido que lo orillaron a bajarse y que ya no cuenta con el querer de su jefe, quien poco a poco lo ha relegado de las decisiones importantes en el sector de las comunicaciones.
Jiménez Espriú no se va de buen agrado. Se va lastimado, herido, pues durante el inicio de la actual Administración fue uno de los más recalcitrantes defensores del proyecto lopezobradorista. Era uno de los pocos que en ese momento se arrojaban al vacío si su jefe se lo pedía, y por lo mismo era uno de los que más reconocimiento tenían en el gabinete. Jiménez Espriú era un frecuente invitado a las conferencias de prensa mañaneras.
Sin embargo, el todavía secretario de Comunicaciones y Transportes poco a poco fue perdiendo fuerza dentro del gabinete federal por las frecuentes pifias que cometió.
Esas pifias no quedan sólo en lo anecdótico. No fue anecdótico que Jiménez Espriú haya afirmado que el exgobernador del Estado de México, Alfredo del Mazo González, había participado como asesor estratégico en el proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, cancelado por el gobierno actual. La declaración de Jiménez Espriú ameritó que el presidente Andrés Manuel López Obrador se disculpara públicamente con la familia del exgobernador, a petición del actual mandatario estatal mexiquense, Alfredo del Mazo Maza.
Tampoco fue anecdótico que Jiménez Espriú declarara que la venta del avión presidencial no era viable, sin conocer que el propio presidente fue quien había propuesto la venta de la aeronave.
Jiménez Espriú también fue el encargado de la investigación sobre lo que habría ocurrido con el helicóptero en el que fallecieron la gobernadora de Puebla, Marta Erika Alonso, y su esposo el senador Rafael Moreno Valle. Esta investigación se prolongó durante 15 meses, y concluyó que la causa de la caída de la aeronave fue accidental. Durante el tiempo que duró la investigación, el Partido Acción Nacional impulsó la versión de que la caída del helicóptero no había sido accidental, sino provocada.
Javier Jiménez Espriú prácticamente no tenía participación en dos de las obras emblemáticas de este gobierno que recaen en el sector comunicaciones y transportes: el Tren Maya y el aeropuerto de Santa Lucía. En el Tren Maya es el sector turismo el que lleva mano, y en Santa Lucía es la Secretaría de la Defensa Nacional la que carga con la responsabilidad.
En días recientes, el presidente anunció que la Secretaría de Marina asumiría el control de los puertos del país.
Igual que como ha pasado con la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, quien ya no tiene a su cargo ninguna de las atribuciones de la dependencia, Jiménez Espriú estaba siendo relegado de las atribuciones de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.
López Obrador ha anunciado que este jueves se conocerá si acepta o no la renuncia de Jiménez Espriú. Sin embargo, el secretario ya deambula en calidad de zombi.
La reunión del jueves entre López Obrador y Jiménez Espriú no es para definir si el presidente acepta o no la renuncia, sino para trabajar en la contención y acordar los términos.
Jiménez Espriú no es el integrante del gabinete más débil. Hay otros que son auténticos floreros, pero tienen menos dignidad que el titular de la SCT.
La renuncia de Jiménez Espriú vuelve a exhibir la fragilidad de un gabinete en el que las decisiones son verticales y no necesariamente ajustadas a criterios técnicos. ¿Para qué quiere el presidente a expertos en cada dependencia o en cada sector, si a final de cuentas las decisiones se toman estrictamente en Palacio Nacional sin atender los criterios que pudieran exponer las áreas técnicas?
La salida de Jiménez Espriú era sólo cosa de tiempo. No pertenece al ala radical del gabinete, dominada por Irma Eréndira Sandoval y Rocío Nahle, y su participación e influencia han decaído poco a poco.
En realidad, la actividad de Jiménez Espriú no cambiará mucho. Quizás la única diferencia será que ahora su poca actividad la tendrá en casa.
