Al presidente Andrés Manuel López Obrador le gusta presumir sus conocimientos de historia. Tiene una versión muy personal de ella, y también gusta de acomodar pasajes y hechos históricos para hacerlos coincidir con la actualidad.
Se ha comparado con Benito Juárez y con Francisco I. Madero. Al primero lo admira, básicamente, por su sencillez, su honestidad y su austeridad republicana. Al segundo, básicamente, por su oposición al dictador Porfirio Díaz.
La visión que el presidente tiene sobre la historia de México no es compartida por la mayoría de los mexicanos. Pero eso no importa, porque finalmente la retórica presidencial sobre la historia de México no busca otra cosa más que distraer la atención de los problemas urgentes por resolver e importantes por atender.
Ahora, con la gira que se le inventó a Beatriz Gutiérrez de López Obrador, como ella misma se autonombra, el presidente ha retomado la solicitud de disculpas a la Iglesia Católica y a la Monarquía española por las atrocidades registradas durante las etapas de la Conquista y la Colonia.
López Obrador ha insistido en una carta dirigida al Papa Francisco en lo conveniente que sería que la Iglesia Católica se disculpase por las atrocidades cometidas hace más de 200 años.
Sin embargo, López Obrador olvida o desconoce que la Iglesia Católica ya se disculpó por aquello por lo que nuevamente le pide disculparse. En marzo del año 2000, el Papa Juan Pablo II pidió perdón públicamente por siete errores históricos de la Iglesia Católica. En la Basílica de San Pedro, Juan Pablo II reconoció ante todo el mundo, con el objetivo de la reconciliación, siete imputaciones a la Iglesia Católica.
La lista de los siete pecados por los que el Papa Juan Pablo II pidió disculpas abarca veinte siglos y resumió en grandes capítulos culpas de la Iglesia por las que el Pontífice ya había pedido perdón previamente, pero que no había reconocido de forma contundente. Uno de esos grandes capítulos fue el de “faltas en contra de la dignidad humana y la unidad del género humano: hacia las mujeres, las razas, las etnias”.
La Iglesia Católica no requiere disculparse como lo pide López Obrador, porque ya lo hizo hace 20 años. El presidente de México olvida o desconoce el hecho, pero pedirle a la Iglesia se disculpe suena bien, jala adeptos, sirve para la polémica y atiza la división y la cólera de quienes no comulgan con la visión histórica de López Obrador.
A ello hay que añadir otro hecho: la nueva solicitud de regresar a México, ahora en calidad de préstamo, el penacho de Moctezuma que se encuentra en el Museo Antropológico de Viena, Austria. En su periplo europeo, Beatriz Gutiérrez insistió, a petición de su esposo, en que el penacho fuese prestado a México para exhibirlo el año próximo durante la conmemoración de los 500 años de la caída de Tenochtitlán.
La pareja presidencial también parece no recordar o desconocer que en 2017 el gobierno mexicano aseguró en un comunicado que “después de una restauración a fondo realizada por expertos del INAH entre 2010 y 2012, en el marco de un proyecto de cooperación entre México y Austria, especialistas de ambos países coincidieron en que el frágil estado (del penacho) no permite que sea trasladado hasta existir una tecnología que pueda impedir cualquier vibración”. Con ello, se descartó que, en tanto no exista la mencionada tecnología, el penacho pueda ser trasladado a México.
Pero insistir en que el penacho es de México, que debe ser expuesto aquí, que el nacionalismo mexicano se fortalecería con la sola presencia del atuendo y otras linduras más que se han expresado también sirve para distraer la atención de los problemas urgentes por resolver e importantes por atender. Atole con el dedo, pues.
El presidente López Obrador es un maestro de la distracción. Los temas ahora son el penacho de Moctezuma y la insistencia en pedir a la Iglesia Católica se disculpe por los hechos del pasado.
El curador de las colecciones de Norte y Centroamérica del Museo Antropológico de Viena, Gerard van Busel, aseguró que no se contempla trasladar el penacho a México al menos en los próximos 10 años debido a lo arriesgado que implica el manejo, debido a que la pieza está hecha principalmente de material orgánico y cualquier vibración en el aire o en carretera la dañaría. “Me gustaría conocer a la persona dispuesta a asumir esa responsabilidad”, remató el curador.
