Desde diciembre de 2018 México entró a una etapa en la que camina solo, sin rumbo, sin metas y sin camino trazado. El gobierno federal decidió, a partir de esa fecha, que era momento de reinventar a México, tirar todo lo hecho y empezar desde cero en todos los ámbitos.
Nada más que al intentar hacerlo, desconectó muchos cables vitales y ahora el país se asemeja a un zombi. El presidente Andrés Manuel López Obrador y todos quienes lo acompañan en su aventura de gobierno decidieron, además, no escuchar consejos y desechar recomendaciones cuando vienen de alguien que no comparte la misma ideología. Todo lo politiza, y sienten que todas las críticas, vengan de donde vengan, tienen como único fin descarrilar al gobierno, como si caminara sobre rieles y tuviera rumbo y destino trazados.
Su argumento es uno, y de ahí nadie los saca: antes había mucha corrupción. Para el gobierno de López Obrador, antes de diciembre de 2018 todas las motivaciones políticas, económicas y sociales en este país se reducían a la corrupción.
Pues bien, López Obrador lleva ya más de dos años al frente del Ejecutivo y el país no camina mejor que antes ni tiene menos corrupción. Simplemente no camina, y la corrupción hoy es igual a la de ayer, o peor.
Si el mundo entero recomienda llevar a cabo una transición a energías limpias para aminorar los efectos del cambio climático y para dañar menos al ambiente mundial, a López Obrador y la secretaria de Energía, Rocío Nahle, les parece que las energías limpias son corruptas y neoliberales, y que el país puede funcionar mejor si revivimos la producción de energías fósiles y privilegiamos a los combustóleos y al carbón como las principales fuentes de energía.
Si como consecuencia de los errores gubernamentales el país registra apagones en grandes extensiones territoriales, lo más fácil es echar la culpa al pasado, a la reforma energética, al CENACE o al “mal tiempo”. En vez de asumir su responsabilidad y solucionar el problema, el gobierno recurre a una de sus políticas tradicionales de gobierno: repartir culpas.
Si el presidente encuentra que en algún fideicomiso público hay sospechas de corrupción, la orden es acabar con todos ellos pues seguramente todos son iguales y todos son corruptos y quién sabe qué esconden y quién se beneficie de ellos y quién sabe para qué están hechos. A pesar de que en muchos casos se comprobó la utilidad pública de los fideicomisos y se mostró que con reglas de operación funcionan de manera correcta, la orden fue acabar con todos ellos.
Así se acabó con las estancias infantiles, con los comedores comunitarios y con muchos programas que operaban de manera eficiente pero que no encuadraban en el esquema presidencial de entrega directa de dinero.
Quien no escucha consejos, no llega a viejo, reza el refrán. López Obrador no sólo no escucha consejos ni atiende recomendaciones, sino que se monta en necedades, que él llama virtudes, y acomoda un clavo más en el Frankenstein que hoy es el gobierno.
Ni el presidente ni quienes le acompañan escuchan consejos o recomendaciones. Si la OMS asegura que usar cubrebocas es una medida efectiva para disminuir contagios de coronavirus, el presidente dice que no, no y no usará cubrebocas. Y menos ahora que superó la enfermedad. Hoy, además, se siente inmune al coronavirus, que ya ha matado a casi 176 mil mexicanos.
No íbamos bien antes de la pandemia, y ahora vamos peor. Pero el presidente no oye consejos ni recomendaciones. Es un presidente sin cubrebocas, sin ideas, en un mundo en el que, según él, todos caminan en contrasentido.
