En México nos gusta hacer todo al revés. Vivimos tiempos en los que el Instituto Nacional Electoral, el árbitro encargado de garantizar que los procesos electorales en el país se desarrollen con apego a la legalidad, se ha convertido en el blanco más atacado por el propio gobierno.
Lo normal sería que lo atacaran los partidos y los candidatos, principalmente como una especie de estrategia para justificar sus derrotas, pero lo más extraño que se ha visto en la historia del país es que la autoridad electoral reciba ataques directos, constantes e iracundos por parte del presidente de la República y del partido en el poder.
Conociendo la historia política reciente del país, se entiende que el presidente Andrés Manuel López Obrador ataca al INE por varias razones: quizás la más visible es porque, asegura, el Instituto avaló un supuesto fraude electoral en 2006, que se ha convertido en el más grande trauma del mandatario.
Pero otra razón por la que López Obrador bombardea al INE es que busca restarle autoridad para justificar las acciones posteriores a una derrota de su partido en la elección de junio próximo. El presidente trata que el INE llegue debilitado y desacreditado a junio, para permitirle a Morena realizar sus tradicionales trapacerías en la jornada electoral y justificar las protestas y acciones posteriores al propio día de la elección.
Del INE no hubo queja de Morena en 2018, después del triunfo de López Obrador. En ese momento, Morena y López Obrador consideraron ejemplar la actuación del Instituto Nacional Electoral-
El peligro de derribar una institución que llevó décadas construir nos remonta al pasado, a los tiempos en que el propio gobierno era el que organizaba y “cuidaba” la elección. En esos tiempos, hay que recordarlo, el entonces Instituto Federal Electoral era un órgano dependiente de la Secretaría de Gobernación, y la Cámara de Diputados, por supuesto siempre dominada por el partido en el poder, como ocurre ahora, se conformaba en Colegio Electoral para calificar y dar validez a la elección.
Durante años, la democracia mexicana ha evolucionado y las leyes electorales han mejorado. Es cierto, falta perfeccionarlas, pero los avances han sido notables. Por ello, que el ataque a la autoridad electoral provenga de Palacio Nacional es algo que no se puede permitir ni tolerar.
El país está dividido prácticamente en dos, entre quienes apoyan al presidente y a su partido, y entre quienes los rechazan. La diferencia estriba en que esta segunda mitad también está dividida en varias opciones, lo que le da ventaja a López Obrador y Morena.
De algunos seguidores de López Obrador se ha escuchado decir que el INE “debe morir” o “debe desaparecer” porque “ya no responde a los intereses del pueblo”. Según esas voces, el INE debe ser reemplazado por otro organismo que sí responda a lo que el pueblo quiere.
Félix Salgado Macedonio, nominado por Morena para ser su candidato a la gubernatura de Guerrero, recibió un duro revés por parte del Instituto Electoral, que le retiró la candidatura por no haber presentado gastos de precampaña, como marca la ley. El “Toro sin cerca” es uno de los morenistas que se han manifestado por la desaparición y muerte del INE, y encabeza un plantón afuera del Instituto para exigir que se le reponga la candidatura.
No hay duda de que en México nos gusta hacer las cosas al revés. En vez de continuar el fortalecimiento del INE y de la democracia mexicana, el gobierno dinamita a la institución y pretende acabar con la democracia a base de imposiciones, desacreditaciones y plantones. Regresar a esos tiempos parece ser la consigna gubernamental.
