Morena no es un partido democrático, ni sus liderazgos pueden presumir de ser demócratas. A partir de que los resultados de las elecciones de junio pasado le fueron desfavorables al partido en el poder en la Ciudad de México, el presidente Andrés Manuel López Obrador y la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, acordaron una estrategia para recuperar los votos perdidos en la capital del país.
Esa estrategia también se replica en los estados donde habrá elecciones este año, y tiene como base la realización de la revocación de mandato. Los resultados que se obtendrán en abril de este año no tienen que ver con la revocación o con la ratificación de López Obrador, sino con la capacidad de movilización que Morena podrá probar y ejercitar. La revocación de mandato le permitirá a Morena contar con resultados actualizados a nivel de secciones electorales en todo el país. Con ello, Morena conocerá donde están sus fortalezas y sus debilidades, y sabrá en donde debe actuar, tal y como lo está haciendo en la CDMX.
En la tarea electoral previa a 2024, Sheinbaum recibe todo el respaldo de López Obrador. No pasa desapercibida la preferencia que el presidente tiene por la jefa de Gobierno, por encima del secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, aunque al canciller le permite hacer su propia lucha. La idea es generar la percepción de que el proceso para elegir candidato presidencial en Morena es abierto, democrático, y que no se trata de un dedazo.
Nada más lejos de la realidad. A estas alturas, nadie tiene duda de que la candidata de López Obrador es Sheinbaum, y que el dedo del presidente será el que dé las indicaciones al partido sobre la designación de quien sea el abanderado -o abanderada- para la elección de 2024.
En la carrera por la candidatura hay un tercer personaje al que muy pocas personas le dan posibilidades. Ricardo Monreal, el presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado de la República y coordinador de la bancada de senadores morenistas, cuenta con poco apoyo al interior del partido. Incluso, gente cercana a él ha quedado fuera de las candidaturas para los distintos espacios públicos que estarán en disputa este año, como Rodolfo González, quien buscó ser candidato a la gubernatura de Tamaulipas y ni siquiera fue considerado en la encuesta estatal.
Pero Monreal no será un perdedor en esta lucha. Monreal está tirando su anzuelo para obtener un premio de consolación, que muy probablemente sea la candidatura a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Es un cargo que por obvias razones no tienen en su radar ni Sheinbaum ni Ebrard, por lo que Monreal tiene la vía libre para pedir esa compensación llegado el momento.
Hay antecedentes. En 2017 López Obrador designó con un dedazo disfrazado de encuesta -que nadie conoció, ni el método ni la muestra-, a Sheinbaum como candidata a la jefatura de Gobierno por encima de Monreal. En esa ocasión, Monreal afirmó que en Morena hay una “élite” que toma las decisiones y que “luchar contra la nomenklatura no es fácil”.
En el caso de Morena, esa nomenklatura está integrada por notables y leales a López Obrador, y ni Monreal ni Ebrard están en ese grupo: Andrés y Ramón López Beltrán, Julio Scherer Ibarra, John Ackerman, Alfonso Romo, Yeidckol Polevnsky, José Agustín Ortiz Pinchetti, Rosario Ibarra, Bernardo Bátiz, Bertha Luján, Manuel Bartlett, Martí Batres, y por supuesto Claudia Sheinbaum.
López Obrador siempre se ha distinguido por centralizar el poder, del que ha hecho uso para mantener la hegemonía en el partido que él creó, en el que manda y en el que se hace lo que él dice. Ese poder fue el que usó para designar en su momento a Sheinbaum como candidata a la jefatura de Gobierno. Ella es quien guarda los secretos de la corrupción en la construcción de los segundos pisos en la CDMX.
Monreal es mucho más político que Sheinbaum, pero no cuenta con toda la confianza de López Obrador. Monreal fue uno de los pocos que mantuvo una alianza con Miguel Ángel Mancera en lugar de aventar las lanzas contra el entonces jefe de Gobierno, tal y como lo hizo el grupo de leales a López Obrador en la capital del país.
Monreal no es de los que piensen que “al líder no se le discute, al líder se le obedece”, y en el ocaso de la carrera política de López Obrador todavía está por verse de qué tamaño será la rebelión en la granja.
