Los dichos del expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, en su más reciente mitin en Ohio abrieron un boquete en el ánimo del presidente Andrés Manuel López Obrador y en su imagen pública, que costará mucho trabajo cerrar. Al presidente mexicano le importa sobremanera el cuidado de su imagen, lo que él llama el cuidado de la investidura, porque uno de los puntos con los que pretende pasar a la historia es el de haber “domado” al tigre que tenemos por vecino en el norte.
López Obrador busca que en el futuro se diga de él que pudo y supo mantener una postura firme, digna y soberana frente a sus pares de Estados Unidos. Pero no ha sido así.
Cuando Trump surgió en el ámbito político de Estados Unidos, durante la campaña que lo llevó a la Presidencia de aquel país, nadie tenía claro cómo debía tratarse a ese vendaval de ofensas y agresiones a México. El entonces presidente Enrique Peña Nieto cometió el error de convocar a Trump a dialogar en México. Supuso que el candidato republicano rechazaría la invitación, pero por el contrario Trump le tomó la palabra y de inmediato gestionó la visita a Los Pinos. Peña se vio obligado a recibirlo, y el mundo se le vino encima.
Luego del encuentro de Marcelo Ebrard con Trump en la Casa Blanca, en junio de 2019, tanto López Obrador como el canciller mexicano se esforzaron en difundir que ante las amenazas del presidente estadunidense de imponer aranceles a productos mexicanos si no se contenía la oleada de migrantes hacia Estados Unidos, México negoció con Trump logrando mantener su dignidad intacta. López Obrador presumió que su relación con Trump estaba basada en el respeto mutuo y por ello el presidente estadunidense se había desistido de la imposición de aranceles.
Lo cierto es que, inmediatamente después de la reunión de Ebrard con el presidente de Estados Unidos, López Obrador instruyó el sellado de la frontera sur de México, lo que fue popularmente conocido como el muro que había pedido Trump. Además, efectivamente, envió cerca de 25 mil miembros de la Guardia Nacional tanto a la frontera sur como a la norte, con la enmienda de evitar el internamiento de migrantes a territorio estadunidense.
Lo cierto es, también, que López Obrador incluso acudió presionado a respaldar la campaña de Trump a la Casa Blanca para aplaudirle y expresar públicamente que la relación entre ambos era inmejorable. De tal tamaño fue el sometimiento de López Obrador a Trump que, ya confirmado el resultado de la elección y la derrota de Trump, el presidente de México fue el último mandatario en felicitar a Joe Biden por su triunfo.
Para nadie pasa desapercibido que López Obrador muestra mayor simpatía por Trump que por Biden. De hecho, su relación parece ser mejor con el exmandatario que con el actual presidente de Estados Unidos.
La famosa frase atribuida a Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, a todas luces ofensiva para nuestro vecino del norte, ha sido repetida por López Obrador en varias ocasiones a funcionarios de la administración Biden, pero nunca fue expresada frente a Trump.
López Obrador presume que su actitud y comportamiento frente a los mandatarios estadunidenses ha sido digna. La balconeada que le puso Trump sólo confirma lo que ya se sospechaba: que el presidente de México ha sido sometido por sus homólogos del vecino del norte.
