Uno de los puntos más riesgoso de que un gobierno que llegó al poder de manera democrática se convierta en una autoridad totalitaria es el aplastamiento de la oposición. En un gobierno totalitario, la única voz válida es la de la autoridad, y de hecho es la única voz permitida. Sus “verdades” son absolutas.
En un gobierno totalitario sólo se aceptan las voces de quienes acompañan al líder. Aquellas que disienten, que cuestionan, que son insumisas, son calladas con distintos métodos que en común tienen la amenaza, el terror, el castigo, la inquina pública.
Con esas características, lamentablemente, se conduce el gobierno federal.
Las voces de alerta iniciaron cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador, frente a cifras oficiales que mostraban claramente los errores de gobierno, los inicios de la caída económica y de la subida de violencia, y otros signos que marcaban que se carecía de una estrategia gubernamental efectiva, siempre daba como respuesta “yo tengo otros datos”.
Bueno, pues esos “otros datos” se han convertido en la base para decir “vamos bien”, “somos ejemplo mundial” en el manejo de la pandemia de coronavirus, “ya se ve la luz al final del túnel”, entre otras frases que sólo buscan encubrir la verdadera tragedia en que se han convertido las crisis sanitaria y económica del país.
En el caso de la economía, López Obrador dice que “vamos bien” y que el país empieza a mostrar mejoría. Desde antes de la pandemia, el PIB del país había caído y 2019, el primer año completo de gobierno de López Obrador, cerró con un decrecimiento de -0.1%, el peor desplome desde la crisis mundial de 2009.
En gobiernos anteriores gustó mucho anclar el crecimiento económico de México al de Estados Unidos. De esa forma, en general, cuando a Estados Unidos le iba bien, económicamente hablando, a México también le iba bien; y cuando a Estados Unidos le iba mal, a México también le iba mal. En 2019, la economía de Estados Unidos creció 2.2%, y ello de nada sirvió ante el debilitamiento de los aparatos productivos del país, la generación de un ambiente de desconfianza para el sector empresarial y las inversiones en general, la falta de inversión pública y los mal entendidos ahorros del dinero que propiciaron subejercicios presupuestales.
López Obrador minimizó el hecho y señaló: “aunque no exista crecimiento, las familias mexicanas tienen más capacidad de compra. Están cambiando los parámetros para medir si tenemos bienestar en México. Como tengo otros datos, puedo decirles que hay bienestar. Puede ser que no se tenga crecimiento, pero hay desarrollo y hay bienestar, que es bien distinto. Me importa mucho la economía familiar”.
Es un ejemplo del uso de los “otros datos”.
En el caso de la atención a la pandemia, la línea de acción también estuvo basada en los otros datos, además de la macabra estrategia de provocar que los mexicanos con COVID-19 no murieran en hospitales, sino en sus casas, con el consecuente subregistro. Pese a esto último, México es la cuarta nación con más fallecimientos por coronavirus en el mundo, de acuerdo con datos oficiales. “Desgraciadamente no se pueden ocultar los fallecidos”, dijo López Obrador apenas a finales de agosto, cuando México alcanzó el “escenario catastrófico” de 60 mil muertos, señalado así por el subsecretario Hugo López-Gatell, encargado del manejo de la pandemia en el país.
El gobierno federal se ha encargado de minimizar este dato, señalando que lo que en verdad importa es la tasa de fallecimientos por millón de habitantes. Sin embargo, México registra 761 mil 665 casos reportados y 79 mil 88 muertes por coronavirus; es decir, en el país ha fallecido el 10.38% de quienes se han contagiado, cuando la tasa promedio mundial no llega a 5%. Algo se debe estar haciendo mal, cuando el país es el que más muertes de personal sanitario registra: al menos mil 320 fallecimientos. Un reporte de Amnistía Internacional señala que a nivel global ya son al menos 7 mil los profesionales de la salud que han perdido la vida por el coronavirus.
El influyente diario británico Financial Times ha señalado que López Obrador es la “nueva figura del autoritarismo en América Latina”, y que el mandatario cuestiona a todos los que los critican y se está convirtiendo en un “caudillo autoritario”.
El presidente utiliza con frecuencia a la Unidad de Inteligencia Financiera y la Fiscalía General de la República como sus armas de terror frente a quienes lo critican. Amenaza con congelar sus cuentas o iniciar una investigación judicial en su contra.
“A menos que el presidente cambie de rumbo rápidamente, la segunda economía más grande de Latinoamérica se arriesga a regresar a un pasado más pobre, más oscuro y represivo, uno habitado por los caudillos autoritarios que la región esperaba haber dejado atrás”, ha sentenciado el Financial Times.
El problema es que López Obrador decidió no comportarse como Jefe de Estado sino seguir comportándose como líder opositor. No gobierna para todos, sino para sus bases electorales, a las que fortalece y premia constantemente. López Obrador no concilia. En vez de eso, encona y divide a una sociedad que hoy no tiene a un líder que busque la unidad social.
Recientemente, el presidente lanzó una amenaza más a quienes él considera sus adversarios: “somos muy perseverantes, muy tercos, necios en el buen sentido de la palabra. Por eso, que se preparen los conservadores, que se preparen nuestros opositores porque no vamos a dar tregua. Ni un paso atrás, ni siquiera para tomar impulso”.
Lo que ello signifique, sólo puede hacer prever que su forma y estilo de gobierno no cambiará. Por el contrario, se endurecerá, y con ello aumentará también la división social y el enfrentamiento. El totalitarismo y el caudillismo cabalgan hoy e imponen su ley en México. Desde Palacio Nacional se emite la única verdad, la de los “otros datos”.
