El miércoles 6 de enero, EEUU estuvo en el ojo del huracán. Mientras se llevaba a cabo el proceso de ratificación de Joe Biden como el presidente electo que asumirá el cargo el próximo 20 de enero, manifestantes seguidores de Trump irrumpieron la sesión del Congreso tomando el Capitolio en la capital estadounidense. Tanto el país como el mundo seguían el minuto a minuto de los eventos con intriga y asombro.
Las imágenes vistas ese día no tienen precedente, es cierto, pero reflejaron una difícil situación mucho más profunda de lo que ciudadanos, políticos y famosos pretenden aparentar. La toma del Capitolio es un reflejo de lo que Donald Trump cosechó durante su mandato. Es decir, la polarización y el manejo de la política a través de descalificaciones, odio y en muchas ocasiones un racismo latente, le dieron espacio a los ciudadanos norteamericanos que comparten las mismas ideas y características del aún presidente Trump. La escandalización de la sociedad y del mundo fue por el hecho que se vivió en la capital que amenaza la democracia del país.
Desde que EEUU se colocó a la cabeza del orden mundial, se le ha concebido como el ideal de una democracia bien implantada y ejercida, un ejemplo a seguir para muchos y que no conforme con eso, se dio a la tarea de “exportar” la democracia a países que la “necesitaban” mediante intervenciones. Ejemplos hay de sobra alrededor del mundo. América Latina y el Medio Oriente así lo pueden testificar por lo que durante décadas ha mantenido y financiado guerras o apoyo a grupos rebeldes en las respectivas regiones. Es cierto que dentro del país no se vieron nunca antes manifestaciones como las de la toma del Capitolio pero no significa que el mismo aparato estadounidense no actúe de esa misma forma fuera de sus propias fronteras.
Lo que reflejaron los manifestantes pro-Trump, quienes por cierto eran todos blancos, habla de un bloque fundacional de la historia norteamericana. La supremacía que abanderan es una forma de sentir que ha permeado a la sociedad a través de los años. Los números en votos que recibió Trump así lo reflejan pues poco más de 74 millones de personas votaron por el magnate que alimentó durante cuatro años seguidos ideologías racistas y xenófobas, sólo 7 millones por debajo de los que recibió Joe Biden. Los datos hablan por sí solos. No se trata de buenos contras malos como se ha querido dar a entender. Se trata de que el gobierno demócrata de Joe Biden tendrá que enfrentar un cáncer que ocasiona la severa polarización, y lidiar con quienes a Trump les dio voz para repetir los discursos de odio, de racismo y de supremacismo.
Estados Unidos no es como se autorretrata en las películas Marvel o de guerra. No son los salvadores del mundo y no son los buenos de la historia. Muchas veces han sido los instigadores y transgresores del mundo y sobre esto hay evidencia de sobra. El cofundador de Wikileaks, Julian Assange ha aportado mucha documentación sobre esto. La sorpresa es que ahora, el asalto a los procesos democráticos y domésticos, a las instituciones intocables, la desestimación del voto de las demás 81 millones de personas que votaron por otro candidato, se manifiesta en casa y no en algún país lejano del Medio Oriente.
Lo que se vivió es el resultado de dividir y no de unificar, de gobernar a base de agresiones y egoísmo en lugar de consensos y con visión de Estado. Sin duda es un ejemplo que muchos países deberían tomar en cuenta para evitar las mismas (o peores) consecuencias.
