Cuántas realidades se pueden observar sobre un evento, innumerables. De igual forma, en el segundo debate presidencial, cada candidato asevera que ganó y sus seguidores y jilguerillos se rasgan las vestiduras por su jefe.
Ya lo decía Campoamor en su cuarteta celebre: “En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.
Bajo la óptica de mi cristal, yo vi cinco candidatos y un moderador. Observe como Yuriria Sierra se trepó al cuadrilátero y se puso los guantes. Soltó chingazos y lanzó loas a una ausente, Margarita Zavala.
El lamentable espectáculo que dio la conductora dio al traste con un debate que con el nuevo formato se antojaba ser atractivo. Eso y dizque la participación del público fueron una burla a los electores y un retroceso en el diseño de los debates.
Mal por el INE que comanda Lorenzo Cordova, pésimo por los representantes de todos los partidos políticos y del propio candidato independiente que avalaron a los dos moderadores y la participación acotada del auditorio.
¿Será muy difícil escoger a un solo moderador que no le quite el tiempo al debate y que sus afanes protagónicos no se desborden? El propio León Krause hubiera sido el adecuado.
Ya entrado en materia, los temas tratados y las alternativas de solución dieron pie a un aspirante a la presidencia que no solo tiene los conceptos teóricos, sino que tiene el expertis para hacer un adecuado diagnóstico y sobre todo, formular acciones, con conocimiento de causa, sobre cuál es la mejor opción para atender, por ejemplo la relación con Donald Trump, el tema de los inmigrantes o bajo qué enfoque tratar el asunto del trasiego de drogas, armas y dinero.
El haber sido secretario de Relaciones Exteriores en una gestión exitosa que le da a Meade Kuribreña un hándicap extraordinario sobre sus adversarios políticos, quienes, por cierto, solo atinaron a balbucear una serie de ocurrencias que de llevarlas a cabo, se fracturaría, en primera instancia, la relación con Estados Unidos y, en segunda, pondría a millones de mexicanos, de aquí y de allá, en terribles condiciones de vulnerabilidad.
Ricardo Anaya tiene conceptos teóricos aceptables que, sin embargo, llevados a la práctica son inviables. El candidato del PAN, PRD y MC se prepara, hace la tarea, pero al llevar sus propuestas a la ominosa realidad, pues no dejan ser buenos deseos.
Solo un ejemplo. El llamado niño Maravilla pomposamente apuntó que él abriría la frontera sur para todos los centroamericanos que quisieran internarse a nuestro país. Cómo se ve que no se ha dado una vuelta por esos lares, en donde los Mara Salvatrucha han sembrado el terror y mantienen asolados a miles de habitantes del sur del país.
Entre Andrés Manuel López Obrador y Jaime Rodríguez me quedo con el Bronco en cuanto a propuestas que la mayoría son poco ortodoxas, pero tienen cierto sentido de viabilidad. Es más simpático y mejor orador que el tabasqueño.
Uno, se observa relajado y bromista, el otro, torpe y enojado.
El Peje: grosero y soberbio. El Bronco, simplemente disfruta sus momentos de gloria.
Si ambos tuvieran el piso parejo y con el mismo tiempo en campaña, sin duda, el Bronco sería mejor candidato que López Obrador.
Qué bueno que el debate se transmitió por televisión abierta y en el canal de las estrellas y casi en horario estelar, para que la población se entere de viva voz de los tamaños de los candidatos que aspiran a gobernar a un país, más allá de discursos populistas, cliches repetidos hasta el cansancio, posturas de perdonavidas y sueños de mesías.
